Esa misma noche, una tormenta había inundado las calles empedradas de la ciudad. Arturo entró furioso por la pérdida de 1 cliente importante en el taller. Aventó las llaves contra la pared, maldijo al gobierno, y luego clavó su mirada en Sofía, quien lavaba los platos en la cocina.
“Mírame cuando entro a mi casa.”
Sofía tardó 1 segundo de más en voltear. El impacto de la bofetada la hizo volar contra el refrigerador. Sintió el sabor a sangre inundando su boca. Arturo la acorraló, riéndose de su terror.
“¿Todavía aguantas?”, se burló.
Elena apareció en el umbral de la cocina, suspirando. “Arturo, ya déjala, vas a despertar a los vecinos.” Él la miró con cinismo y luego tomó la muñeca de la menor. Sofía intentó soltarse, pero él apretó con más fuerza, girando el brazo con una lentitud sádica y calculada.
El crujido del hueso sonó exactamente como 1 rama gruesa partiéndose a la mitad.
Sofía soltó 1 grito tan desgarrador que hasta el propio Arturo retrocedió 1 paso. Su antebrazo quedó deformado. Elena no corrió a abrazarla, ni gritó, ni llamó a la policía. Solo tomó las llaves de su camioneta y ordenó fríamente: “Vamos al hospital. Y recuerda que te caíste por las escaleras.”
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