Gracias a los ahorros del taller y a 1 abogado corrupto, Arturo salió libre bajo fianza en exactamente 48 horas.
Fue la tía Rosa quien acudió al hospital para rescatar a Sofía. Rosa era la hermana mayor del padre biológico de la niña, una mujer de carácter fuerte que vivía en un rancho a las afueras de Zapopan. Aunque Elena siempre se esforzó por mantenerla alejada, prohibiéndole las visitas, Rosa nunca dejó de vigilar a su sobrina desde la distancia.
Cuando Rosa y Sofía llegaron a la casa familiar escoltadas por 1 patrulla para recoger algo de ropa y pertenencias, la escena fue indignante. Arturo estaba recargado en el cofre de su costosa camioneta en la entrada, fumando 1 cigarro y sonriendo con arrogancia.
“¿De verdad creíste que me ibas a hundir, escuintla?”, escupió Arturo, señalando el yeso de la menor. “Nadie en este país le cree a las niñas locas y problemáticas.”
La tía Rosa se interpuso, cubriendo a Sofía con su propio cuerpo. “Te vas a pudrir en la cárcel, infeliz.”
Arturo soltó 1 carcajada que resonó en toda la calle. “Esta casa es mía. El dinero es mío. Tu cuñadita está conmigo y come de mi mano. Esta mocosa no es nadie. No tiene nada.”
Nada. Esa era la palabra favorita de Arturo para destruir la autoestima de Sofía.
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