Los crueles siempre cometen el mismo error: confunden el terror que provocan con lealtad.
Pasaron 2 años. Sofía cumplió 18 y la tía Rosa le entregó formalmente el control del fideicomiso, el cual había crecido en valor. Con ese dinero, Sofía se mudó a la Ciudad de México y entró a la Facultad de Derecho de la UNAM. Tenía 1 departamento pequeño en Coyoacán, amigos reales y una vida que, por primera vez, le pertenecía solo a ella.
Mientras acomodaba sus cajas de libros en su nueva habitación, la tía Rosa le preparó 1 café de olla y la miró con orgullo.
“¿Estás bien, mija?”, le preguntó suavemente.
Sofía se tocó el antebrazo derecho. A veces, cuando el clima de la ciudad era muy frío o llovía fuerte, el hueso le lanzaba 1 pequeña punzada fantasma, un recordatorio de la tormenta. Pero ya no era el miedo quien tomaba las decisiones en su vida.
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