Arturo entró vistiendo 1 traje oscuro, intentando proyectar la imagen de 1 empresario respetable víctima de una injusticia. Elena llevaba collar de perlas, maquillaje discreto y tenía sus lágrimas de utilería listas para caer. Su abogado defensor tomó la palabra argumentando que Sofía era 1 menor profundamente perturbada, manipulada por 1 tía ambiciosa que solo quería robarse la herencia familiar.
“Mi clienta solo intentó buscar ayuda psiquiátrica para su hija”, declaró el abogado. “No es justo destruir a 1 familia honorable por las mentiras de 1 adolescente rebelde.”
Elena se llevó 1 pañuelo a los ojos. “Yo amo a mi hija más que a mi vida”, sollozó frente al juez. “Pero ella está enferma de su mente. Yo solo quería protegerla.”
Sofía sintió náuseas al escucharla.
Entonces, la fiscal pidió permiso para proyectar la evidencia digital, la cual había sido autenticada por peritos cibernéticos.
Primero, reprodujo 1 audio. La voz grave y violenta de Arturo resonó en las bocinas de la sala judicial: “¿Todavía aguantas, escuintla?”. Segundos después, el sonido de un golpe seco, seguido por el grito desgarrador de la menor.
El juez frunció el ceño. Elena cerró los ojos y se hundió en su silla.
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