El maestro de ceremonias, temblando y sudando frío, intentó bloquearle el paso en el primer escalón.
—Señora Valentina, por favor, deje que el equipo llame a 1 paramédico. Si gusta, podemos pasar a 1 salón privado para que se recupere…
Valentina le arrebató el micrófono de las manos con 1 autoridad que hizo que la temperatura del recinto bajara de golpe.
—No requiero 1 salón privado —sentenció, y su voz hizo eco en las 20 bocinas de alta fidelidad del lugar—. Lo que requiero es que absolutamente todos presten atención.
La música ambiental fue silenciada bruscamente. Los meseros se pegaron a las paredes como estatuas. Diego, al percibir que su obra maestra se estaba descarrilando, corrió hacia el frente del escenario montando 1 espectáculo de falsa preocupación, actuando como el esposo protector ante los socios.
—¡Mi amor, por favor, bájate de ahí! ¡Estás sufriendo 1 colapso médico! —gritó, asegurándose de que las 4 primeras filas lo escucharan claramente.
Valentina lo observó desde arriba, con la misma expresión con la que se mira a 1 plaga.
—¿Un colapso, Diego? ¿Te refieres al colapso que planeaste en mi baño a las 6:00 AM de hoy, cuando rellenaste mi botella de shampoo con ácido corrosivo?
Un jadeo colectivo y ensordecedor sacudió las 30 mesas del banquete.
Camila, la amante, sintió que las piernas le fallaban y retrocedió 3 pasos, buscando refugio entre la multitud. Doña Teresa apretó su bolso de diseñador, con el rostro desfigurado por el pánico. Diego soltó 1 risa nerviosa, levantando las manos en gesto conciliador.
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