Esa simple petición desató la furia de la joven. Valeria se puso de pie, lo miró con un desprecio absoluto y lanzó su humillante veredicto frente a todos.
Arturo sintió cómo 20 pares de ojos se clavaban en su rostro. Tragó saliva, manteniendo la compostura. Giró el rostro hacia la izquierda, buscando la mirada de Mariana, su esposa desde hacía 7 años. No esperaba que le gritara a su hija, solo esperaba 1 muestra mínima de apoyo. 1 límite.
Mariana dejó su cubierto de plata sobre el plato, se inclinó hacia Arturo y, con un tono frío que cualquiera en la mesa pudo escuchar, sentenció:
—Siéntate y cállate, Arturo. La estás avergonzando en su día. Valeria tiene toda la razón, tú no eres su padre de sangre. No puedes exigirle absolutamente nada como si te debiera la vida.
1 prima de Mariana soltó 1 pequeña carcajada. Luego, 2 tíos intercambiaron sonrisas cómplices. En cuestión de 10 segundos, la mesa entera volvió a su ambiente festivo, reduciendo la dignidad de Arturo a 1 simple chiste familiar.
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