—Héctor, por Dios, es un niño, está confundido… la empleada lo manipuló —intentó defenderse ella, retrocediendo un paso.
—Cállate —la voz de Héctor sonó baja, pero tan filosa como un cuchillo—. Llevas meses diciéndome que Diego empeora. Que necesita disciplina. Que tal vez no podemos con él en la casa.
La mente de Héctor conectó las piezas. Subió corriendo las escaleras, dejando a las dos mujeres y al niño en la cocina. Entró a la recámara principal, tomó la laptop de Bárbara y, conociendo su contraseña, abrió el correo electrónico. No tuvo que buscar mucho. Había una carpeta etiquetada como “Proyecto D”.
Al abrirla, sintió que el aire le faltaba.
Había 4 correos confirmados con un internado psiquiátrico infantil de alta severidad en Utah, Estados Unidos. El folleto virtual describía un programa de “aislamiento terapéutico” donde los niños no podían ver a sus familias en los primeros 6 meses. Bárbara ya había pagado la cuota de inscripción de 5000 dólares con la tarjeta de crédito de Héctor.
El último correo que ella había enviado a la directora del internado decía textualmente: “El padre está casi convencido. Solo necesito 1 o 2 semanas más para crear una crisis en casa que justifique sacarlo del país. El niño es un obstáculo para nuestro matrimonio”.
Héctor imprimió esa hoja, bajó las escaleras y se la arrojó a Bárbara en el pecho.
Ella vio el papel y el color desapareció de sus labios.
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