Carmelita dio un paso firme hacia ella.
—Suéltelo, señora. Le está lastimando el bracito.
Bárbara soltó al niño con un empujón que lo hizo tropezar hacia atrás. Diego corrió a esconderse detrás de la falda de Carmelita, aferrándose a la tela como si fuera su única tabla de salvación en un océano de hielo.
Lo que Bárbara ignoraba era que Héctor había cancelado su junta de las 4 en Santa Fe. Un dolor de cabeza terrible lo había obligado a volver temprano. Llevaba 2 minutos parado en el pasillo que conectaba el recibidor con la cocina, petrificado. Había escuchado el estruendo. Había escuchado los gritos. Había escuchado a la mujer que dormía en su cama tratar a su hijo roto como si fuera basura.
Cuando Héctor cruzó el umbral de la cocina, la temperatura de la habitación pareció caer bajo cero.
Bárbara palideció. Su cerebro calculó a la velocidad de la luz y, en un parpadeo, transformó su rostro de arpía en el de una víctima desesperada. Un par de lágrimas falsas brotaron de sus ojos.
—¡Héctor, mi amor, qué bueno que llegas! —gimoteó, corriendo hacia él—. ¡Esta mujer es una irresponsable! Encontré a Diego comiendo sobras del piso. Le dije que no podía darle eso al niño y se puso agresiva. Me gritó. Tenemos que sacarla de la casa ya, es un peligro para nuestro hijo.
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