comida era horrible —quemada, mal cocida y con un sabor extraño—, pero Evelyn parecía tan orgullosa que le mentí y le dije que me había encantado. Una comida se convirtió en muchas, y pronto empezó a venir varias veces por semana, siempre con algo nuevo… e incomible. Soportaba cada plato porque no quería herirla y porque, poco a poco, comprendí que no se trataba de la comida, sino de la compañía. Sentarme a la mesa y escuchar sus historias me hacía sentir menos solo de lo que me había sentido en meses.
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