Pero el matrimonio es como 1 par de zapatos de diseñador: solo la persona que los lleva puestos sabe si realmente le están lastimando los talones. Alejandro tenía 1 defecto que se clavaba como 1 espina en la tranquilidad de Mariana: su excesiva cercanía con su secretaria, Valeria. Era 1 joven de 28 años, de figura delgada, sonrisa complaciente y 1 actitud que rozaba el descaro. La primera vez que Mariana sintió la incomodidad fue en 1 fiesta de fin de año de la empresa. Valeria, enfundada en 1 ceñido vestido rojo, caminaba del brazo de Alejandro por todo el salón, brindando con los socios como si la verdadera anfitriona fuera ella. Cuando Mariana reclamó, él solo rodó los ojos y soltó 1 frase típica: “Es solo trabajo, no seas exagerada”.
En los últimos 6 meses, los viajes de negocios de Alejandro se multiplicaron. De viajar 1 vez al mes, pasó a ausentarse 2 o 3 veces por semana, justificando reuniones urgentes en Monterrey, Guadalajara o Mérida. Mariana no quería convertirse en la típica esposa celosa que revisa celulares, pero la intuición femenina rara vez falla. Hasta que llegó aquel martes.
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