“FUI A UN MOTEL CON UN DESCONOCIDO A MIS 65 AÑOS PARA SENTIRME VIVA… Y AL DESPERTAR, ME REVELÓ EL SECRETO MÁS ATROZ DE MI PROPIA SUEGRA”

“FUI A UN MOTEL CON UN DESCONOCIDO A MIS 65 AÑOS PARA SENTIRME VIVA… Y AL DESPERTAR, ME REVELÓ EL SECRETO MÁS ATROZ DE MI PROPIA SUEGRA”

El nombre cayó en la habitación mugrienta como una losa de cemento sobre un ataúd.
—Doña Consuelo Rivas —pronunció Arturo, bajando la mirada.

Ofelia dejó de respirar. Su suegra. La madre de Efraín. La anciana de 90 años que caminaba con un bastón de plata, la que le llevaba caldo de pollo cuando enfermaba, la que se sentaba a su lado en la iglesia y le decía, apretándole la mano: “Dios sabe por qué hace las cosas, Ofelita”.

Dios no había hecho nada. Lo había planeado todo aquella vieja infame.

Ofelia se vistió torpemente. Se puso la blusa al revés, los zapatos sin abrochar, dejando el cabello revuelto y el labial corrido. Ya no parecía una señora viuda y respetable de Puebla. Era una fiera a la que le acababan de devolver 40 años de luto en un pedazo de papel. Salieron del hotel de paso y subieron al auto de Arturo. El hombre condujo con las manos rígidas sobre el volante mientras cruzaban la ciudad, viendo los puestos de tamales humeantes y las combis despertando a las calles.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Ofelia de pronto.

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