Había sido su comadre Berta quien la sacó de su encierro. La arrastró a un salón de baile antiguo en el centro. Allí, Ofelia, luciendo unos labios pintados con cuidado y una blusa color vino, conoció a Arturo. Él no era guapo como los actores de la época de oro, pero tenía una elegancia triste que atrapaba. La sacó a bailar danzón. La miró como si ella realmente existiera, sin lástima ni prisa. Bebieron brandy, caminaron por el zócalo poblano y terminaron rindiéndose al hambre de piel y calor humano en aquella habitación de hotel.
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