No fue mágico ni perfecto como un cuento de hadas. Hubo días muy difíciles, trámites legales dolorosos, pruebas de ADN, ataques de rabia acumulada y domingos de luto amargo por el tiempo arrebatado.
Pero los meses pasaron curando la herida desde la raíz.
Esa primera Nochebuena, Ofelia estaba en su cocina calentando una olla gigante de ponche de frutas. En la sala, Marcela limpiaba romeritos, Daniel arreglaba las luces del techo y Renata colgaba esferas en el árbol de Navidad. La casa estaba llena de ruido, de desorden, de vida pura.
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