Arriba, con letras chuecas y coloridas, Sofía había escrito:
“Mi papá se disfrazó de jardinero, pero en realidad era nuestro superhéroe.”
Arturo sonrió, sintiendo la suave brisa de la ciudad en su rostro. Miró hacia la terraza, donde Rosa y Leo preparaban aguas frescas entre risas contagiosas. Respiró profundo y, por primera vez desde la muerte de su esposa, sintió que su alma por fin estaba en paz. Había descubierto que el amor verdadero no se construye con dinero, sino con la valentía de defender a los que amas, incluso si tienes que mancharte las manos de lodo para lograrlo.
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