—¡Frene el auto! —gritó Samuel, con la voz quebrada.
El chofer frenó en seco, levantando 1 nube de tierra. Samuel bajó la ventanilla y el calor infernal le golpeó el rostro. Antes de que pudiera abrir la puerta, escuchó el latigazo verbal de 1 capataz robusto que empuñaba 1 vara de mezquite.
—¡Órale, vieja inútil! ¡Apúrale el paso, Elena! ¿O ya se te olvidó que todavía me debes hasta el aire que respiras por andar de orgullosa mandando a tu escuincle a la ciudad? ¡Te vas a podrir en este horno hasta que pagues el último peso!
La mujer se detuvo, temblando, y alzó el rostro. Las arrugas profundas, la piel quemada y los ojos apagados no podían ocultar la verdad. Era su madre. La mujer que lo había dado todo por él estaba siendo tratada peor que a 1 animal de carga.
Samuel sintió que la sangre le hervía en las venas y los puños se le cerraron con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Leave a Comment