Samuel pateó la puerta del automóvil con tanta fuerza que el metal resonó por encima del crujir del fuego. Sus zapatos italianos se hundieron en el barro negro de la ladrillera. Ignoró el humo tóxico que le quemaba la garganta y caminó a zancadas hasta quedar frente a frente con el capataz.
—¡Mamá! —el grito de Samuel cortó el aire denso.
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