Samuel miraba por la ventana polarizada. Los campos de agave, las bardas de piedra volcánica y las pequeñas casas de techo de lámina seguían intactos. Recordó aquella madrugada, 6 años atrás, cuando su padre falleció por 1 enfermedad pulmonar mal curada. La familia quedó hundida en la miseria, pero Elena, con las manos agrietadas de tanto lavar ropa ajena, le entregó 1 fajo de billetes arrugados. “Vete a la capital, mijo. No entierres tu futuro en este lodo. Tu madre sabrá cómo rascarle a la vida”, le había dicho. Samuel se fue con 3 camisas, 1 maleta rota y el corazón destrozado, jurando volver para darle la vida de reina que merecía.
El coche tomó la curva hacia el sector sur del pueblo. A lo lejos, espesas columnas de humo negro manchaban el cielo azul. Eran las ladrilleras de Don Eladio, el cacique más temido de la región, dueño de las tierras, del agua y de las voluntades de la gente pobre.
Al pasar lentamente por los hornos ardientes, Samuel observó a decenas de personas cubiertas de hollín y barro, trabajando a más de 40 grados bajo el sol abrasador. De pronto, su corazón dio 1 vuelco violento.
Entre las llamas y el polvo, vio a 1 mujer anciana. Estaba encorvada, descalza, con la espalda vencida bajo el peso de 15 ladrillos hirvientes que cargaba sobre 1 tabla de madera. Su rostro estaba oculto por 1 rebozo desgastado, pero la forma en que cojeaba del pie izquierdo era inconfundible.
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