Al colgar, se giró hacia Elena con el ceño fruncido. Ella levantó la mirada. Su rostro conservaba la misma dignidad del primer día.
—¿Alguna vez me amaste, Mateo? —preguntó ella, con una voz aterradoramente tranquila.
Él soltó una carcajada seca, como si hubiera escuchado un chiste de mal gusto.
—No hagas preguntas infantiles. Los dos somos adultos. Firma y terminemos con esto.
Elena no derramó una sola lágrima. Tomó la pluma y trazó su firma con tanta fuerza que casi perfora el papel. Se levantó lentamente, tomó la tarjeta bancaria negra que Mateo le había puesto enfrente, caminó hacia el bote de basura y la dejó caer dentro. Salió del edificio hacia el cegador sol de la Ciudad de México, abrazó su vientre y susurró: “Desde hoy, mi amor, solo somos tú y yo”.
10 años después, el auditorio del exclusivo Instituto San Ignacio estaba a reventar.
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