Desesperado, Héctor cometió el error de buscar consuelo en el lugar equivocado. Así llegó a su vida Bárbara, una publirrelacionista de 32 años, impecable, de sonrisa ensayada y ambición desmedida. En solo 5 meses, Bárbara se mudó a la mansión. En 7, ya lucía un diamante en el dedo anular. Frente a Héctor, Bárbara era la “madre sustituta” perfecta, pero a solas, su paciencia con Diego era nula. Detestaba la tristeza del niño. Le arrebataba los platos fríos con desprecio y le susurraba que era un niño malcriado que solo quería arruinarle la vida a su padre.
Entonces, Héctor despidió al chef y contrató a Doña Carmelita.
Carmelita tenía 55 años, venía de un pueblo en Michoacán y traía consigo el olor a canela y leña. Fue contratada solo para la limpieza pesada y cocinar “comida casera”. Al tercer día, Carmelita notó la crueldad silenciosa de Bárbara y la mirada vacía de Diego. En lugar de rogarle al niño que comiera, Carmelita lo ignoró. Se puso a amasar masa para tortillas a mano en la barra de granito. El sonido rítmico y el olor a maíz tostado hicieron que Diego levantara la vista.
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