El implante es tan pequeño que apenas supera los dos milímetros de lado y tiene un grosor inferior al de una hoja de papel. Se coloca debajo de la retina, en el área afectada por la enfermedad, y está conformado por cientos de píxeles fotovoltaicos capaces de transformar luz infrarroja en señales eléctricas. Esas señales despiertan a las neuronas retinianas que aún permanecen activas y les permiten transmitir información al cerebro, generando una especie de “visión artificial” que reemplaza a los fotorreceptores perdidos.
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