Ese mismo día por la mañana fui al banco del malecón.
El gerente, José Torres, revisó los documentos.
Luego me preguntó con voz tranquila:
—¿Desea revocar el acceso secundario de su hijo?
—Sí.
Tecleó unos minutos.
—Listo, señora Ramírez. La cuenta vuelve a estar únicamente bajo su control.
Cuando salí del banco sentí algo que no había sentido en años.
Ligereza.
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