Apagué las luces, serví agua y llené una bolsa de agua caliente para mis pies. Me senté en el sillón junto a la ventana y vi la luna subir lenta y llena. El celular no sonó de nuevo esa noche. Por la mañana desperté temprano, escribí una lista de pendientes en una libreta amarilla y al final rodeé dos palabras próximos pasos. Sofía tocó como quien espera que la puerta se abra sin dudar. La abrí despacio. Estaba en el porche con su abrigo camel, el rostro tenso, los ojos buscando más allá de mí, como si buscara a la madre que reconocía.
He estado mandando mensajes, llamando. Me hice a un lado sin decir palabra y la dejé entrar. Fue directo a la cocina sin invitación, pero familiar con el lugar. Se quedó detrás de una silla esperando que ofreciera café algo. No lo hice. En cambio, me senté. Ella se quedó de pie. ¿Qué pasa, mamá? Esto no es propio de ti. ¿Estás exagerando? No parpadeé. No eres pobre, añadió como si ese fuera el único umbral que justificara los límites. Señalé la segunda silla y se sentó de mala gana.
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