Eduardo, ¿cómo estás? Es tarde para que me llames. Fernando, necesito preguntarte algo. ¿Te acuerdas de mi testamento? Claro. Lo hicimos hace dos años después de que murió Esperanza. ¿Por qué? ¿Qué tan difícil sería cambiarlo? Hubo una pausa del otro lado de la línea. Eduardo, ¿pasó algo con tus hijos? Algo pasó, Fernando. Algo que me abrió los ojos de una manera que nunca pensé que pasaría. ¿Quieres venir mañana a mi oficina para platicarlo? Sí, pero quiero que sepas desde ahorita que voy a hacer cambios grandes, muy grandes.
Está bien, Eduardo. Te espero a las 10 de la mañana. Colgué el teléfono y me quedé ahí sentado en el silencio de mi casa, pensando en todo lo que había construido durante mi vida, la casa donde vivía, los ahorros que había juntado peso a peso, la camioneta, los pocos terrenos que pude comprar con los años. Todo eso lo había destinado para mis hijos, para Carmen y Miguel, para que cuando yo ya no estuviera, ellos tuvieran algo con que empezar o continuar sus vidas.
Pero esa noche, viendo cómo me habían tratado, me di cuenta de algo que Esperanza me había dicho muchas veces y que yo nunca quise escuchar. Eduardo, les das todo tan fácil que ya no valoran nada. Mi esperanza siempre fue más lista que yo para leer a las personas, incluso a nuestros propios hijos. Al día siguiente, sábado, desperté a las 6 de la mañana, como siempre. Me preparé mi café, leí el periódico y a las 9 ya estaba listo para salir hacia la oficina de don Fernando.
Pero antes decidí hacer una parada. Manejé hasta la casa de Carmen. Quería ver qué había quedado de la fiesta de anoche. Quería ver las consecuencias de mis cancelaciones. Cuando llegué, la escena era exactamente lo que esperaba. Roberto estaba en el jardín delantero hablando por teléfono con cara de desesperación. Carmen estaba a su lado llorando. Me estacioné frente a la casa, bajé el vidrio de mi camioneta y me quedé ahí observando. Roberto colgó el teléfono y le gritó algo a Carmen.
No pude escuchar qué, pero por su lenguaje corporal era algo feo. Carmen lloró más fuerte. Fue entonces cuando Carmen me vio. Nuestros ojos se encontraron a través del parabrisas de mi camioneta. Su cara cambió completamente de tristeza a sorpresa, de sorpresa a miedo. Le dijo algo a Roberto y señaló hacia donde yo estaba. Roberto volteó y me vio. Su cara se puso roja de coraje. Caminó hacia mi camioneta con pasos firmes, como si quisiera golpearme. Bajé el vidrio completo y lo esperé con la calma de un hombre que sabe exactamente lo que está haciendo.
Eduardo, ¿qué hiciste?, me gritó antes de llegar a mi ventana. Buenos días, Roberto. ¿Cómo amaneciste? ¿Ya se te quitó la enfermedad de anoche? No te hagas el gracioso. ¿Por qué cancelaste los pagos? Nos dejaste en ridículo con todos los proveedores. Cancelé los pagos. No entiendo de qué me hablas, Roberto. Mi cara de inocencia lo desesperó aún más. La carne que compraste, las flores, todo. Nos están hablando que los pagos fueron rechazados. Ah, eso sí los cancelé. ¿Por qué hiciste eso?
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