En una de esas reuniones mensuales de la familia, cuando todos estábamos ya sentados alrededor de la mesa principal, mi padre me miró con el ceño fruncido y preguntó con sorpresa, “Hija, ¿por qué llegaste en taxi? ¿El coche que te regalamos por tu cumpleaños se averió?” Antes de que yo pudiera responder, mi marido sonrió y dijo con toda tranquilidad, “Ese coche ahora es de mi mamá. Ella lo necesita más.” Mi padre se quedó callado unos segundos y lo que hizo después convirtió aquel día en un punto de no retorno para el destino de mi esposo. La casa principal de la familia de don Ricardo, mi padre, aquella tarde de sábado se sentía cálida y acogedora, pero también imponente.
Era una mansión enorme de estilo colonial moderno, en una zona exclusiva de la Ciudad de México. El jardín delantero, alfombrado de piedra natural estaba lleno de coches de lujo estacionados en fila, desde sedanes europeos de último modelo hasta camionetas SV enormes, cuyo precio ascendía a cientos de miles de dólares. Todo brillaba bajo el sol que había pegado fuerte hasta que unas nubes densas comenzaron a cubrir lentamente el cielo. En el interior, tíos, tías y primos se movían de un lado a otro, bromeando y riendo mientras servían comida del buffet preparado por el servicio de Cathering más prestigioso de la ciudad.
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