La abuela estaba sentada a la mesa de la cocina, amontonando billetes. Tenía los lentes a media nariz. La taza buena, con el borde roto y las flores marchitas, estaba a su lado.
“¿Abuela?”
“¿Mm?”, contestó ella.
“Creo que necesito un automóvil”.
“El automóvil puede esperar”.
Ella resopló. “Crees que necesitas un automóvil”.
“Sí, lo necesito”, dije. “Todo el mundo en la escuela conduce. Siempre estoy pidiendo que me lleven. Podría conseguir un trabajo si lo tuviera. Podría ayudar”.
La última parte la hizo detenerse.
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