Observó como Nayeli, con manos temblorosas, pero expertas, abría la bolsa de plástico que había sacado del restaurante. No sacó la comida, sacó los frascos de vidrio vacíos y las mangueras de plástico que había rescatado de los contenedores de la farmacia. Héctor, el titán de la industria farmacéutica, el hombre que decidía el precio de la salud de medio país, observó horrorizado lo que estaba ocurriendo. Nayeli llevó los frascos a una pequeña mesa de madera coja, sacó una botella de alcohol, jeringas nuevas que había comprado con sus pocas propinas y comenzó a lavar y esterilizar las mangueras usadas con una precisión clínica.
Luego tomó tres frascos que parecían vacíos. Con una aguja fina extrajo las últimas gotas residuales de cada uno de ellos, reuniendo a duras penas un mlilro de líquido transparente en la jeringa principal. Héctor reconoció la etiqueta de los frascos, incluso desde la distancia. Era pulmocalm V, un medicamento pediátrico de última generación para afecciones respiratorias severas, un medicamento que su propia empresa fabrica, un medicamento cuyo precio él mismo había triplicado el año pasado para maximizar los márgenes de ganancia antes de la fusión alemana.
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