Tenía que saber la verdad primero. Tenía que saber a dónde iba. Sin despedirse de sus socios, ignorando las llamadas de su abogado, que gritaba su nombre en el restaurante, Héctor caminó rápido hacia la salida principal. El juego había cambiado. El pasado acababa de estrellarse contra su presente. La noche en Monterrey era calurosa y opresiva. Héctor salió del restaurante casi corriendo. El ballet parking apenas tuvo tiempo de traer su camioneta blindada color negro carbón. Su chóer de seguridad privada le abrió la puerta trasera como de costumbre.
“Bájate, Roberto, yo manejo hoy.” Ordenó Héctor cortante. El guardia de seguridad parpadeo desconcertado. Héctor nunca manejaba. “Pero, señor Villalobos, los protocolos de Segur. Que te bajes de mi camioneta ahora.” rugió Héctor. El chóer obedeció al instante. Héctor subió al asiento del conductor, arrancó el motor B8 con un rugido sordo y aceleró bruscamente, dejando atrás las luces doradas y los escaparates de lujo de la avenida principal. Giró el volante hacia el callejón trasero del restaurante. Llegó justo a tiempo.
Bajo la luz parpade de un farol roto, vio a Anayeli salir por la puerta de servicio. Caminaba rápido, encorbada por el peso de las dos grandes bolsas de plástico que cargaba. No llevaba bolso ni chaqueta, solo ese uniforme desgastado y unos tenis rotos que sonaban contra el asfalto mojado. Héctor apagó las luces de la camioneta. A la distancia prudente de 50 met comenzó a seguirla. El trayecto fue una tortura silenciosa. Nayeli caminó cinco cuadras hasta llegar a una parada de autobús oxidada y vandalizada.
Héctor detuvo la camioneta en la esquina oculto en las sombras. Vio como ella se abrazaba a sí misma en la oscuridad. Vio cómo revisaba el interior de sus bolsas de plástico transparente. Héctor entrecerró los ojos para ver mejor. A la luz de los faros de los autos que pasaban, notó algo extraño en la basura que Nayeli había recolectado. No solo eran sobras de comida. En la segunda bolsa había cajas de cartón aplastadas, frascos de vidrio vacíos y lo que parecían ser mangueras de suero intravenoso rescatadas del contenedor de reciclaje de la farmacia de la esquina.
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