Cada vez que conseguía una entrevista, el bufete de abogados de la familia Mendoza enviaba una carta amenazando con demandas multimillonarias por encubrimiento de una criminal a cualquier clínica que osara contratarla. Héctor se dejó caer en su silla de cuero. El informe era un acta de ejecución. Fabiola no solo la había despedido, la había cazado sistemáticamente, bloqueando cada puerta, cerrando cada oportunidad, asfixiándola hasta que la única opción que le quedó a una de las mejores enfermeras del país fue recoger basura en un restaurante para no morir de hambre.
¿Por qué? Susurró Héctor sintiendo que la garganta se le cerraba. ¿Por qué ensañarse así? Fabiola ya había ganado. Yo me casé con ella. El maldito imperio farmacéutico se unió. Nayeli nunca nos buscó. ¿Por qué destruirla así? Vargas guardó silencio por un momento. La expresión de su rostro, habitualmente de piedra, mostró un destello de genuina compasión. Pasó la última página del informe. Era un registro médico de urgencias de una pequeña clínica periférica fechado hace 4 años y medio.
Un acta de nacimiento. Porque la señora Rojas no estaba sola cuando usted la dejó, señor Villalobos. dijo Vargas en voz muy baja. La señora Fabiola descubrió lo que usted aparentemente ignoraba. Nayeli Rojas estaba embarazada y la familia Mendoza jamás iba a permitir que un hijo bastardo pusiera en riesgo la herencia y el control absoluto del monopolio farmacéutico que estaban construyendo con usted. El silencio en el piso 40 fue absoluto. Ensordecedor. Héctor tomó el acta de nacimiento con manos temblorosas.
Allí estaba impreso en tinta negra. Nombre del recién nacido Dante Rojas. El apartado donde debía ir el nombre del padre estaba dolorosamente en blanco. Héctor cerró los ojos y la imagen de Dante tosiendo en la oscuridad en una casa con piso de tierra, usando un nebulizador improvisado con sobras de basura médica, lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. su hijo, el heredero legítimo de todo ese imperio de cristal y acero en el que estaba sentado.
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