Ofelia sintió que la sangre se le convertía en fuego. Su esposo, el hombre que lloró calladamente a los pies de su cama de hospital mientras ella ardía en fiebre, había firmado la venta de su propia sangre. Y Marcela, nacida 3 años después del crimen, había sido criada sobre los cimientos de esa atrocidad para asegurar un linaje digno y de buena familia.
Arturo, que había permanecido alerta a unos pasos, intervino.
—Se acabó, doña Consuelo. Mi madre guardó una carpeta con los nombres falsos y el pago. Sé que la tiene escondida en su casa.
La anciana intentó mantener el control de la situación, pero Marcela, horrorizada al descubrir que le habían robado a un hermano para que ella viviera entre lujos ciegos, fue quien guio a Ofelia y a Arturo hasta la vieja casona familiar. En una habitación oscura que olía a cera y a santos viejos, Marcela tomó un pesado pisapapeles de bronce y destrozó la cerradura del antiguo ropero de madera de su abuela.
Ahí encontraron la condena. Entre fotos sepia y fajos de dinero viejo, había un acta de defunción con el nombre de Ofelia, y un certificado de nacimiento falso avalado por un notario corrupto. Arturo tomó el documento con las manos temblorosas y lo leyó en voz alta.
—Se lo entregaron a la familia Armenta, dueños de una textilera muy famosa en Atlixco. El niño fue registrado como Daniel Armenta Castañeda.
Daniel.
Leave a Comment