Esa primera Nochebuena, Ofelia estaba en su cocina calentando una olla gigante de ponche de frutas. En la sala, Marcela limpiaba romeritos, Daniel arreglaba las luces del techo y Renata colgaba esferas en el árbol de Navidad. La casa estaba llena de ruido, de desorden, de vida pura.
Daniel salió al patio con 2 tazas de ponche humeante. Se paró junto a Ofelia, bajo el cielo frío de diciembre, y apoyó su cabeza canosa en el hombro de su madre, buscando ese refugio profundo que le habían robado durante 52 años.
Ofelia le acarició el cabello suavemente, miró las estrellas y sonrió. A sus 65 años, la noche en aquel motel de paso barato le había devuelto el alma entera. Ya no era una viuda marchita esperando la muerte en una silla. Era una madre con su familia completa, latiendo con fuerza, y esta vez, nadie en el mundo tendría el poder de arrebatarle su pedazo de cielo.
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