Arturo había rastreado a Daniel. Tenía 52 años, era médico cirujano, viudo y padre de una joven universitaria llamada Renata. Los citó en una cafetería pintoresca con terrazas y bugambilias. Ofelia llegó con el corazón latiéndole en la garganta, fuertemente tomada de la mano de Marcela.
Cuando lo vio de pie junto a una mesa de madera rústica, con su bata blanca de hospital doblada en el brazo y lentes de armazón delgado, Ofelia sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Era un hombre alto y canoso, pero sus ojos… eran el reflejo exacto de los de ella.
Se acercaron despacio, envueltos en un silencio inmenso.
—Daniel… —susurró Ofelia.
Él tragó saliva, tenso, intentando mantener su postura médica firme.
—Arturo me dijo que usted quería ponerme Rafael.
La voz de Ofelia se rompió por completo, dejando salir a la madre reprimida.
—Yo, en secreto, solo te decía mi cielo.
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