PARTE 1
Don Alejandro Garza cruzó las puertas de urgencias del hospital privado más exclusivo de San Pedro Garza García a las 11:42 de la noche. Llevaba las botas llenas de polvo de su rancho, el sombrero en la mano y una mirada tan fría que el personal de seguridad se apartó sin hacer preguntas. A sus 68 años, don Alejandro era una leyenda en el norte de México: un hombre que había levantado un imperio ganadero y de exportación desde 0, conocido por su carácter implacable y su olfato para detectar a los mentirosos a kilómetros de distancia.
Esa noche, el mentiroso tenía nombre y apellido: Diego Montalvo. El esposo de su única hija.
Sofía Garza yacía en la cama 304 de terapia intensiva. Tenía 32 años. Su cabeza estaba cubierta de vendas y un respirador artificial forzaba el aire en sus pulmones. Para el resto del país, Sofía era la heredera de Grupo Garza, una mujer de negocios brillante y filántropa. Para Alejandro, seguía siendo la niña que montaba a caballo a los 6 años en la hacienda.
Pero lo que hizo que la sangre de Alejandro hirviera no fue ver a su hija conectada a 5 máquinas diferentes. Fue ver el sillón reclinable junto a la cama completamente vacío.
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