Medio año antes, regresé a casa más temprano de lo habitual.
Subí las escaleras en silencio… y escuché risas en mi habitación.
Gabriela no estaba sola.
Me quedé inmóvil en el pasillo, escuchando cómo se burlaba de mí. Decía que nunca notaba nada, que vivía absorbido por el trabajo.
Luego escuché algo peor.
Hablaban del divorcio. De quedarse con la mitad de todo. De empezar una nueva vida llena de lujos.
Y lo más doloroso: Gabriela aseguró que mis hijas estaban de su lado.
Ese día no hice escándalo.
Tomé una decisión: actuar con inteligencia.
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