Diego tiene alergia al polvo. Sofía no come nada que tenga verduras verdes y Mateo necesita su iPad para dormirse. Sus medicinas están en la maleta azul. Regreso en dos semanas. Y Roberto no viene a despedirse de sus hijos. Roberto está trabajando como siempre. Alguien tiene que mantener esta familia. me miró de arriba a abajo. No todos tienen la suerte de jubilarse con pensión del gobierno. Mi pensión, 85,500 pesos mensuales después de 35 años de servicio. Valeria gastaba más que eso en sus uñas y extensiones de pestañas.
Los niños entraron arrastrando los pies. Diego, de 12 años con su celular pegado a la cara. Sofía, de 10 con una mueca de disgusto permanente y Mateo de 7 ya buscando dónde estaba la televisión. “Pórtense bien con su abuela”, dijo Valeria sin ninguna convicción. Luego se acercó a mí y susurró, “Y no se te ocurra llenarles la cabeza de ideas. Recuerda que yo decido si te vuelven a ver o no.” Se fue sin despedirse de sus hijos.
Ni un beso, ni un abrazo, solo el sonido de sus tacones alejándose y el motor de su camioneta del año. Me quedé ahí parada con tres niños que me miraban como si fuera la enemiga. Y entonces recordé todos los momentos en que Valeria había construido este muro entre nosotros, como aquella vez hace 3 años cuando quise darle 5000 pesos a Roberto para el enganche de un carro usado. Valeria interceptó el dinero. Ay, suegrita, mejor lo usamos para las colegiaturas de los niños.
Es que la educación es primero, ¿no creé? Nunca vi un recibo de esas colegiaturas. Un mes después, Valeria apareció con un bolso Louwis Wion. “Me lo regaló una amiga”, dijo cuando pregunté. “Una amiga claro.” O cuando mi hermana Rosa murió y me dejó 50,000 pesos de herencia. Le conté a Roberto emocionada, pensando en por fin arreglar el techo de mi casa que goteaba cada temporal. Valeria se enteró. Suegra, Roberto y yo estamos en una situación difícil. La empresa donde trabajo quebró otra de sus ventas multinivel fracasadas y necesitamos urgente ese dinero.
Se lo pagaremos con intereses. Intereses. Han pasado dos años y no he visto un peso. Mi techo sigue goteando y ahora tengo que poner cubetas cada vez que llueve. Pero el viaje de Valeria a Cancún con sus amigas el año pasado, ese sí se pudo pagar. Abuela, ¿dónde está el wifi? Diego me sacó de mis pensamientos. Necesito el wifi. Ya. El modem está descompuesto. Mentí. Lo había desconectado a propósito. ¿Qué? No puede ser. Mamá. Mamá, empezó a gritar como si lo estuvieran torturando.
Tu mamá ya se fue, Diego. Y gritar no va a traer el internet de vuelta. Eres la peor abuela del mundo, por eso nadie te quiere. Ahí estaba el veneno de Valeria saliendo por la boca de mi nieto. No me dolió. Ya estaba preparada. Tengo hambre, interrumpió Sofía. Pero no voy a comer nada de lo que cocines. Mamá dice que cocinas horrible y que por eso papá está tan flaco. Y yo quiero ver YouTube, agregó Mateo. En la casa veo YouTube todo el día.
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