Mi nuera me dijo:“Tú ya no haces nada, cuida a mis hijos mientras viajo”… No imaginó lo que haría…

Mi nuera me dijo:“Tú ya no haces nada, cuida a mis hijos mientras viajo”… No imaginó lo que haría…

Si había para unos zapatos, eran para él. Si sobraba para un juguete en su cumpleaños, yo fingía que no tenía hambre esa noche. Mi madre, que en paz descanse, me decía, “Eperanza, te vas a matar trabajando así. Búscate otro marido, alguien que les dé sustento. Pero yo miraba a mi Roberto con esos ojitos cafés igualitos a los de su padre y sabía que ningún padrastro lo iba a querer como yo. Ningún hombre extraño le iba a dar el amor que yo podía darle.

Así que seguí adelante sola. Los sacrificios fueron interminables. Recuerdo una Navidad cuando Roberto tenía 8 años. Había ahorrado 6 meses para comprarle la bicicleta que tanto quería. La noche del 24, mientras él dormía, me di cuenta de que no tenía para la cena de Navidad. Vendí mi único anillo que no fuera el de bodas, una reliquia de mi abuela por 300 pesos para poder hacer los romeritos y el bacalao. Roberto nunca supo. Para él, su madre era invencible.

Su madre todo lo podía y así debía ser. Cuando llegó a la preparatoria, los gastos se multiplicaron. libros, uniformes, pasajes, materiales. Yo seguía con mi doble turno, pero ahora también vendía tamales los domingos en el atrio de la iglesia. Mis manos, miren mis manos arrugadas, manchadas, con las articulaciones hinchadas de tanto amasar masa a las 4 de la madrugada. Pero todo valió la pena cuando Roberto entró a la universidad. Ingeniería industrial en la WAP. El orgullo me desbordaba.

Mi hijo, el hijo de la viuda Mendoza, el que creció sin padre, iba a ser ingeniero. Fue en su tercer año cuando apareció Valeria. “Mamá, quiero que conozcas a alguien especial”, me dijo un domingo después de misa. Ahí estaba ella con su vestido rosa pastel, su sonrisa perfecta, su cabello negro brillante cayendo en onda sobre sus hombros. Parecía una muñeca de porcelana. me abrazó con una calidez que me desarmó completamente. Ay, señora Esperanza. Roberto me ha hablado tanto de usted.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top