En la entrada estaban dos personas: un hombre elegante de traje y una mujer con carpeta en mano.
—Buenas tardes —dijo el hombre—. Buscamos a la señora Elena Ruiz.
Martín tragó saliva.
—Es… es mi madre —respondió, confundido.
Yo salí del baño y me acerqué con tranquilidad.
—Soy yo.
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