— No seas ridículo. No lo voy a matar aquí. Demasiadas cámaras, demasiados testigos. Pero una vez que lo den de alta, una vez que esté en casa bajo mi cuidado… — se rio —. Bueno, ya sabes lo que dicen. Las personas en estados vegetativos son muy susceptibles a infecciones, neumonía, sepsis… cosas que pasan naturalmente.
Diego sintió algo húmedo en su mejilla. Una lágrima. Estaba llorando, pero sus ojos permanecieron cerrados, su cuerpo inmóvil.
— Tengo que irme. Gloria va a sospechar si estoy demasiado tiempo al teléfono. Te amo también. Nos vemos esta noche.
Colgó, guardó el teléfono, se acercó a Diego y le limpió la lágrima con su pulgar.
— Interesante — susurró —. Los doctores dijeron que personas en coma a veces lloran. Reacciones involuntarias, nada consciente.
Se inclinó más cerca, su aliento contra el oído de Diego.
— Pero si pudieras escucharme, Diego, si estuvieras ahí dentro atrapado… eso sería delicioso. Saber lo que voy a hacerle a tu hijo. Saber que vas a tener que verme destruir todo lo que construiste y no poder hacer nada para detenerme.
Se enderezó, alisó su vestido, recompuso su expresión en la de esposa dolida y salió, dejando a Diego solo con una rabia que amenazaba con consumirlo… pero también con algo más: esperanza.
Porque cada palabra había sido grabada.
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