Solo sé que estos 15 años sin ti fueron vacíos. Construí 30 edificios. Gané más dinero del que puedo gastar. Pero cada noche en mi penhouse vacío miraba la foto de nuestra boda y me preguntaba, “¿Valió la pena?” Y valió la pena. Fernando negó con la cabeza. No, nada de eso valió perderte. Afuera, el sol comenzaba a ponerse. Los niños entraron corriendo con las mejillas rojas y el cabello despeinado. Se detuvieron al ver a Fernando todavía ahí. “Mamá, tenemos hambre”, dijo el niño del medio.
Marta miró la olla de frijoles, miró a sus tres hijos, miró los documentos en la mesa y finalmente miró a Fernando. Lo que decidiera en este momento cambiaría todo para ella, para sus hijos. para el hombre que una vez amó y que ahora era un extraño millonario en su humilde casa. Pero había algo que Fernando todavía no le había dicho, algo que estaba a punto de revelarse y que haría que todo lo que acababa de confesar pareciera insignificante.
“Siéntense a cenar”, dijo Marta a sus hijos. Su voz era firme, pero Fernando notó el temblor en sus manos mientras servía los frijoles. Los tres niños se acomodaron en la mesa. Sofía ayudó al más pequeño a subirse a su silla. Fernando se quedó de pie, sintiéndose intruso en esta intimidad familiar. “Tú también”, dijo Marta sin mirarlo. “Si vas a estar aquí, comes con nosotros.” Era más una orden que una invitación. Fernando se sentó. La cena fue silenciosa.
Los niños comían rápido, claramente hambrientos. Sofía partió su tortilla a la mitad y le dio un pedazo a su hermano menor. Un gesto tan natural que era obvio que lo hacía todos los días. Fernando apenas podía tragar. Cada bocado le había a culpa. Cuando terminaron, Sofía comenzó a recoger los platos. “Déjame ayudarte”, ofreció Fernando. “No hace falta”, respondió la niña con frialdad. Sofía, no seas grosera”, la reprendió Marta suavemente. “Pero mamá, no lo conocemos.” “Lo sé, mi amor, pero es un viejo amigo.” Sofía lo miró con escepticismo.
A sus 12 años ya había aprendido a desconfiar de los viejos amigos que aparecían de la nada. Después de lavar los platos en una tina con agua fría, Marta llevó a los niños a su habitación. Fernando escuchó sus voces suaves, el ritual de siempre, un cuento, oraciones, besos de buenas noches. Cuando regresó, la luna ya había salido. La casa estaba iluminada solo por una lámpara de aceite. La electricidad se había cortado otra vez. “Se duerme rápido cuando estás cansado”, dijo Marta sentándose frente a él.
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