Mi bolso vibró. Me levanté despacio y dije que era una llamada importante.
Don Esteban soltó su comentario venenoso: que no caminara mucho, que a mi edad era peligroso, que me podía romper la cadera antes del postre. No respondí. A veces, el silencio es la forma más elegante de juntar fuerzas.
En el pasillo, el gerente bancario desde Suiza confirmó lo que yo necesitaba escuchar:
El dinero estaba seguro. La venta se había cerrado. Yo era libre.
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