Al llegar a casa, mi hijo Rafael y mi nuera Cintia descargaron rápido, como siempre, con esa prisa extraña que aparece cuando están cerca de mí.
Antes de irse, Rafael lo dijo sin mirarme:
“Papá, dejamos unas cosas en el patio… no las toques. Son documentos importantes.”
Y ahí quedó el mismo silencio de siempre: la casa grande, la mesa para uno, el teléfono que no suena, el pecho pesado. La soledad de un hombre que se acostumbró a tragarse la verdad para no perder lo poco que le queda de familia.
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