Lo más difícil no fue cortar el dinero. Fue enfrentar el silencio sin comprar compañía.
Empecé de a poco:
- reorganizar mi casa para mí, no para quedar bien con otros;
- retomar mi salud;
- recuperar hobbies que me daban calma;
- salir a convivir, aunque al principio diera vergüenza;
- volver a sentirme persona y no función.
Y descubrí algo inesperado:
la soledad elegida pesa menos que la compañía interesada.
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