Volvió a pasar lo de siempre: mi hijo y mi nuera estaban en la caja del supermercado, la tarjeta no pasó… y mi tarjeta “resolvió”. Mil trescientos pesos. Otra vez.
Mientras yo digitaba el NIP, escuché a mi nuera susurrándole a una amiga por teléfono una frase que todavía me quema por dentro: que solo había que apretar el punto correcto y “el viejo” pagaba todo, porque tenía miedo de quedarse solo.
Ahí entendí algo triste: uno puede soportar cansancio, hambre, años de trabajo… pero aceptar que tu propio hijo te usa como cajero automático duele de una manera que no se explica.

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