Muchas personas con sensibilidad cuentan que todo empezó temprano: recuerdos de una figura cerca de la cama, una presencia que no asusta sino que observa, o luces que flotan alrededor.
Pero el punto de quiebre suele ser otro: los sonidos. No necesariamente una voz clara, sino un “murmullo de fondo”, como si hubiera un lugar lleno de gente hablando en otra habitación. Para un niño eso puede volverse abrumador, y ahí nace el miedo.
Lo más duro, según estos relatos, no siempre es la experiencia… sino la respuesta del entorno: “te lo imaginaste”, “no hables de eso”, “eso es malo”. Y con el tiempo, la persona aprende a cerrar lo que siente para sobrevivir.
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