En muchas culturas, envejecer es algo que debe suavizarse, explicarse o disimularse con cortesía. Las canas no hacen nada de eso. Son visibles, honestas y no intentan justificarse.
Por eso, a menudo se espera que quien las lleva dé explicaciones: que aclare que no se ha “dejado estar”, que sigue cuidándose, que su elección tiene un motivo válido. Cuando esa explicación no llega, el silencio puede resultar incómodo.
No porque sea agresivo, sino porque se niega a pedir perdón por el paso del tiempo.
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