Una noche me llamó a su habitación. Su voz era tan débil que tuve que arrodillarme junto a su cama para oírla con claridad.
“Cariño -susurró, sus dedos rozando suavemente los míos-, cuando me haya ido, prométeme que moverás mi rosal. Desentiérralo al cabo de un año. No lo olvides”.
Asentí, aunque sentía un nudo en la garganta y me dolía el pecho. No entendía por qué importaba tanto, pero su mirada era firme.
“Te lo prometo, abuela”.
Leave a Comment