Crecí en Bilbao, en una casa donde nunca faltó dinero, pero sí afecto. Mi padre, Manuel, ingeniero reconocido; mi madre, Carmen, contable meticulosa. Las cenas eran silenciosas, funcionales, casi administrativas. Yo era un dato más en sus agendas.
El verdadero refugio lo encontraba cada verano en la casa de mi abuela, en un pequeño pueblo a las afueras de Toledo. Elena había sido enfermera, de las de antes, curtida en turnos interminables y sacrificios silenciosos. Crió sola a sus hijos tras un divorcio difícil, sin quejarse jamás.
Su casa olía a bizcocho, madera vieja y desinfectante. Su huerto, sus claveles amarillos y su risa eran mi hogar emocional. Ella fue quien me enseñó a cocinar, a escuchar, a cuidar.
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