También se le atribuye una estrategia sutil y eficaz frente a la necedad: el uso de preguntas en lugar de confrontaciones directas. Preguntar “¿Estás completamente seguro de lo que dices?” obliga al otro a revisar su certeza. Solicitar “¿Podrías explicarlo de nuevo, con tus propias palabras?” expone la solidez —o fragilidad— de sus argumentos. Estas preguntas no atacan, no humillan, pero invitan a pensar. En muchos casos, el silencio posterior dice más que cualquier réplica. Así, la reflexión reemplaza al enfrentamiento y la serenidad se convierte en la verdadera victoria.
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