Andrés la recibió con una sonrisa rígida. No hubo euforia ni sorpresa genuina. La casa estaba impecable, demasiado ordenada, como si nadie viviera realmente allí.
Valeria notó detalles que antes no habrían pasado desapercibidos:
nuevos muebles que ella no había elegido, perfumes que no reconocía, cambios sutiles pero constantes.
Durante la cena, Andrés habló más del dinero que de ella. Preguntó cifras, plazos, posibilidades. Casi no preguntó cómo estaba, si había sufrido, si había valido la pena.
Esa noche, Valeria durmió inquieta. Por primera vez desde su regreso, sintió que estaba durmiendo junto a un desconocido.
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