Diversos estudios han observado una relación entre la pérdida del olfato y un mayor riesgo de mortalidad en los años siguientes, especialmente en adultos mayores.
No se trata de una sensación subjetiva o espiritual, sino de un fenómeno físico: personas que pierden la capacidad de oler correctamente tienen más probabilidades de sufrir enfermedades graves o deterioro general del organismo.
Esto llamó la atención de la comunidad científica porque el olfato está directamente conectado con áreas profundas del cerebro.
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