Mis piernas echaron a correr antes de que mi mente procesara del todo lo que estaba viendo.
Estaba cargando a Theo, con ambos brazos aferrados a él con tanta fuerza que todo su cuerpecito temblaba por el esfuerzo. Su playera rosa con un unicornio estaba rota del hombro, manchada de tierra y húmeda por lo que parecía sudor. Iba descalza, dejando huellas ensangrentadas sobre el pasto mientras caminaba.
Grité su nombre.
No respondió; solo siguió caminando, con la mirada fija en algún punto lejano y la mandíbula apretada con una determinación que ninguna niña de siete años debería tener que conocer.
Cuando por fin llegué hasta ella, pude ver la verdadera magnitud de su estado. Tenía rasguños por todos los brazos, algunos superficiales y otros tan profundos que la sangre seca ya se había endurecido alrededor. Las rodillas las tenía despellejadas. Se le estaba formando un moretón en el pómulo izquierdo.
Y Theo, mi bebé, estaba en silencio en sus brazos.
Demasiado en silencio.
Pero entonces vi cómo su pechito subía y bajaba, cómo su pequeño puño apretaba un mechón del cabello de Maisy, y el alivio casi me hizo caer de rodillas.
Extendí los brazos para tomarlo, pero Maisy retrocedió, apretándolo aún más.
—Maisy, mi amor, soy mamá. Dame a Theo. Ya puedes soltarlo.
Negó con la cabeza. Sus labios partidos temblaron.
—No puedo. Tengo que mantenerlo a salvo.
—Ya lo mantuviste a salvo. Ya estoy aquí. Ya los tengo a los dos.
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